Publicado en Tribuna Feminista
En un hecho cargado de simbolismo, la recién posesionada presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, ha jurado su cargo como la primera mujer en llegar a la Presidencia de su país, un uno de octubre, el mismo día en que Clara Campoamor logró la aprobación del derecho al voto femenino en España en 1931. Esta coincidencia aparentemente casual es, en realidad, un potente símbolo del avance histórico de los derechos políticos de las mujeres; cuyo proceso se inició con las reivindicaciones de las sufragistas del primer tercio del siglo XX.
La construcción de la ciudadanía femenina
El sufragio universal constituye el fundamento jurídico sobre el que se construye la verdadera democracia. Hasta la consecución del voto femenino, los sistemas políticos operaban bajo lo que podríamos denominar técnicamente como «androcracia»: un sistema de gobierno ejercido por y para los hombres, que excluía sistemáticamente a la mitad de la población. La transformación de este paradigma a través del reconocimiento del derecho al sufragio femenino conquistado por las feministas representa, desde una perspectiva jurídico-política, la piedra angular de las democracias modernas.
El artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece el derecho a la participación política como un derecho humano fundamental, caracterizado por ser inalienable, universal e imprescriptible. Este reconocimiento internacional consolida jurídicamente la lucha histórica del movimiento sufragista, elevando la participación política femenina a la categoría de derecho inherente a la dignidad humana. Y así se establece específicamente en el artículo 7 de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW).
El mandato democrático contemporáneo: la agenda feminista
El panorama político internacional atraviesa una transformación, sin precedentes, en materia de representación femenina en las más altas esferas del poder ejecutivo. La reciente toma de posesión de Claudia Sheinbaum como presidenta de México no sólo marca un hito histórico para una nación con más de sesenta y cuatro millones de mujeres y niñas, sino que se inscribe en un momento extraordinario de la política global donde las mujeres están redefiniendo el ejercicio del poder.
Este momento histórico podría alcanzar un punto de inflexión en los próximos meses, pues por primera vez en 248 años de historia estadounidense, existe la posibilidad real de que una mujer alcance la presidencia de la primera potencia mundial. Kamala Harris, actual vicepresidenta y candidata demócrata, representa no sólo la posibilidad de romper el último techo de cristal en la política estadounidense, sino también un cambio paradigmático en el liderazgo global.
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