En un día como hoy nacía Carmen Eulalia Campoamor Rodríguez, conocida como Clara Campoamor, en un convulso Madrid de 1888.
Clara Campoamor se convertiría en una de las figuras más trascendentales en la lucha por los derechos fundamentales de las mujeres en España. Abogada, política y escritora, emergió en la historia como un faro de determinación y coraje que iluminó el camino hacia la igualdad jurídica entre mujeres y hombres, concretado en el derecho al sufragio universal, aprobado en 1931, que permitió que las mujeres españolas pudieran votar en las elecciones de 1933.
Proveniente de una familia humilde, Campoamor experimentó desde temprana edad las restricciones que la sociedad imponía a las mujeres. Esta realidad, lejos de desalentarla, forjó su carácter combativo e inmarcesible. Tras ejercer diversos oficios (modista, dependienta comercial, telefonista y profesora de mecanografía) para mantener a su familia, logró, mediante un esfuerzo extraordinario, licenciarse en Derecho a los 36 años, convirtiéndose en una de las primeras abogadas españolas (1924, pasando a colegiarse en el Colegio de Abogados de Madrid, donde fue la segunda mujer en lograrlo (1925), después de la no menos célebre abogada y política, Victoria Kent.
Su verdadera batalla comenzó en las Cortes Constituyentes de la Segunda República, donde, como diputada, libró una lucha sin precedentes por el sufragio femenino. Su defensa apasionada y argumentación jurídica impecable en el hemiciclo parlamentario culminó en la histórica consecución del voto femenino en 1931, materializado en el artículo 36 de la Constitución republicana.
Campoamor no limitó su activismo al sufragio. Su compromiso con la dignidad humana la llevó a combatir frontalmente la explotación sexual y la prostitución, entendiendo estas prácticas como manifestaciones extremas de la desigualdad estructural que afectaba a las mujeres. Su trabajo en la Comisión de Constitución fue fundamental para establecer el principio de igualdad ante la ley y la prohibición de discriminación por razón de sexo.
Como jurista, sus aportaciones fueron revolucionarias para la época. Defendió el divorcio, la igualdad de derechos en el matrimonio y la protección jurídica de los hijos nacidos fuera del matrimonio. Su visión de la igualdad trascendía lo meramente formal para adentrarse en una concepción material y efectiva de los derechos fundamentales.
La persecución política durante la Guerra Civil la obligó al exilio, primero en Francia y posteriormente en Argentina, donde continuó su labor intelectual y activista hasta su fallecimiento en 1972, en Suiza, donde pasó los últimos años de su vida. Sin embargo, su legado permanece indeleble en la memoria colectiva y en el ordenamiento jurídico español.
Hoy, cuando contemplamos el camino recorrido hacia la igualdad entre mujeres y hombres, resulta imperativo recordar a Clara Campoamor. Su lucha nos recuerda que los derechos que hoy damos por sentados fueron conquistados gracias al sacrificio, la valentía y la determinación de mujeres extraordinarias que se atrevieron a desafiar el orden establecido. Su ejemplo nos interpela y nos compromete a continuar su legado, pues como ella misma afirmó: «La libertad se aprende ejerciéndola».
En cada mujer que hoy ejerce su derecho al voto, en cada letrada que defiende la justicia en los tribunales, en cada política que contribuye a la redacción de las leyes preservando los derechos de las mujeres y las niñas, en cada activista que alza su voz contra la discriminación y la violencia contra las mujeres, resuena el eco de aquella mujer valiente que se atrevió a soñar con un mundo más justo.
Clara Campoamor no sólo cambió la historia de España; nos enseñó que la lucha por la igualdad es un camino que se construye paso a paso, con determinación inquebrantable y la convicción profunda de que la dignidad humana no entiende de diferencias por razón de sexo y que las mujeres somos merecedoras de los mismos derechos y oportunidades que los hombres.


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