
En pleno siglo XXI, aún hay quienes perciben el feminismo como una amenaza, una exageración, una ideología innecesaria o, lo que es peor, una ideología que perjudica a los hombres. De hecho, en España un 44,1% de los hombres encuestados por el CIS considera que «se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad de las mujeres que ahora se está discriminando a los hombres».
Pero esta percepción no sólo es errónea: es profundamente contraria a la realidad. Y a los datos me remito: “al ritmo actual de progreso, podría llevar cerca de 300 años lograr la plena igualdad de género”, según el informe Progreso en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): Panorama de Género 2022de la ONU, ratificado en 2024 por la Fundación Microfinanzas BBVA y ONU Mujeres España.
El feminismo no es otra cosa que la lucha por el reconocimiento a la igual dignidad y humanidad de mujeres y hombres. Y negar la necesidad de este justo reconocimiento es ignorar la historia, los datos, la realidad y nuestra misma dignidad humana.
La paradoja del poder: cuando la mayoría está subordinada
Las cifras hablan por sí solas. Las mujeres representan el 51% de la población mundial: cuatro mil millones de personas. En numerosos países, donde la esperanza de vida es mayor, incluso superan en número a los hombres. No somos un colectivo minoritario ni un grupo específico que reclama atención. Somos la mitad de la humanidad.
Y sin embargo, esa mitad ha permanecido históricamente al margen del poder. Durante siglos, los hombres han monopolizado el poder político, la economía, la religión, el ejército, la cultura, las reglas sociales, todo. Las mujeres quedamos confinadas al espacio privado, al trabajo invisible, a la obediencia y la irrelevancia. No hace tanto —apenas cien años en muchos lugares— que las mujeres no podían votar, estudiar, poseer propiedades o tomar decisiones sobre sus propios cuerpos, ni decidir sobre sus hijos. Las leyes históricamente han tratado a las mujeres como menores de edad perpetuas, como objetos, propiedad de sus padres o maridos.
¿Cómo pudo la mayoría quedar sometida durante tanto tiempo? Esa pregunta incomoda porque desnuda un sistema construido sobre la desigualdad y la injusticia, naturalizada durante generaciones, que el feminismo ha puesto de manifiesto. La lucha feminista ha logrado que, poco a poco, las leyes reconozcan iguales derechos a la otra mitad de la población: las mujeres y las niñas. Uno de los logros más importantes que le debemos al feminismo ha sido la aprobación de la CEDAW, nuestra Convención de derechos, aprobada en 1979.
La ignorancia es el enemigo
Por ello, lo contrario del feminismo no es el machismo: es la ignorancia. La ignorancia de quienes desconocen la historia de opresión y exclusión que han vivido las mujeres. La ignorancia de quienes niegan las estadísticas que documentan la violencia cotidiana. La ignorancia de quienes no quieren ver las graves injusticias que enfrentan las mujeres a lo largo y ancho del mundo sólo por nacer niñas.
El feminismo es conocimiento. Es conciencia histórica. Es empatía con el sufrimiento ajeno. Y es acción civilizatoria, porque el movimiento que más derechos ha procurado para la humanidad, el que ha ido transformando las injusticias que durante siglos se han perpetuado contra las mujeres y niñas.
No se trata de una batalla entre sexos, sino de una lucha por la dignidad humana. Una lucha que nos compete a todas y todos, porque una sociedad que oprime y violenta a la mitad de su población es una sociedad injusta, cruel y deshumanizada. De ahí el carácter civilizatorio del feminismo, que beneficia no sólo a las mujeres, sino también a los hombres, porque lo que es bueno para las mujeres y sus hijas e hijos termina siendo bueno para los hombres.
Jurista Feminista

La foto es de un cartel en una manifestación feminista. Los derechos corresponden a la autora de la foto y del cartel. La imagen superior ha sido generada con IA al estilo del S. XIX

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