
El derecho al descanso no es un lujo, es un derecho humano fundamental. Lo reconoce el artículo 24 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el artículo 7 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y nuestra propia Constitución en su artículo 40.2. Sin embargo, para millones de mujeres en España y Europa, este derecho es papel mojado. La realidad es que están exhaustas, sobrecargadas hasta el límite, atrapadas en una espiral de trabajo sin fin que devora su salud, su bienestar y su futuro.
Como experta en derechos de las mujeres y derechos humanos, he sido testigo de cómo la desigualdad estructural se materializa en cuerpos y mentes agotados. Pero los datos recientes son especialmente alarmantes: España encabeza los niveles de ansiedad y agotamiento materno en Europa. No estamos hablando de cansancio pasajero, sino de una emergencia de salud pública con nombre de mujer.
El agotamiento tiene cifras: España, a la cabeza de Europa
Un estudio de la organización Make Mothers Matter (MMM), que será presentado próximamente a la Eurocámara, preguntó a casi 10.000 mujeres europeas por su experiencia como madres. El resultado es contundente y preocupante: las mujeres están exhaustas, y las españolas lideran este ranking del agotamiento.
Los números hablan por sí solos:
- 8 de cada 10 madres españolas se sienten sobrecargadas, al tener que afrontar doble o triple jornada de trabajo: empleo remunerado, tareas del hogar, atención de dependientes y carga mental.
- El 78% afirma que la crianza las sobrepasa, una cifra que refleja la soledad y falta de apoyo que enfrentan.
- Las españolas están 10 puntos por encima de la media europea en ansiedad y agotamiento, una brecha que no es casual, sino estructural.
- Casi el 60% manifiesta problemas de salud mental, desde trastornos de ansiedad hasta cuadros depresivos.
- La depresión postparto se acerca al 20%, una cifra dramática que evidencia la falta de apoyo en un momento de extrema vulnerabilidad.
- Solo el 53% se siente apoyada por la sociedad en la crianza, lo que significa que casi la mitad enfrenta esta responsabilidad en completa soledad.
Laura Sagnier, en su obra «Las mujeres hoy: Cómo son, qué piensan y cómo se sienten las mujeres» (Deusto), cifra en seis millones las mujeres en España que viven agotadas. Seis millones de personas cuyo derecho al descanso, a la salud y al bienestar está siendo sistemáticamente vulnerado.
La brecha del agotamiento: También en el trabajo remunerado
Estos datos no son casos aislados. El Observatorio de Riesgos Laborales del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) revela que el 62,5% de las mujeres trabajadoras en España sufre desgaste emocional, frente al 42,3% de los hombres. Una brecha de más de 20 puntos porcentuales que deja claro que esto no es una cuestión individual de «gestión del estrés», sino un problema estructural de desigualdad.
La diferencia es clara: mientras los hombres pueden desconectar al terminar su jornada laboral, las mujeres enfrentan una segunda y tercera jornada que no termina nunca. La maternidad, los cuidados de menores y dependientes, y el trabajo doméstico no remunerado siguen recayendo mayoritariamente sobre sus hombros, sin reconocimiento ni apoyo suficiente.
Esta sobrecarga no solo afecta su salud física y mental, sino también su empleabilidad, desarrollo profesional, autonomía económica y satisfacción vital. Mujeres que renuncian a ascensos porque no pueden más. Mujeres que abandonan el mercado laboral porque la conciliación es imposible. Mujeres que enferman en silencio porque nadie las escucha.
Como dice Raquel Serrano, en su proyecto para madres trabajadoras Mowon: «La maternidad es un proyecto que requiere preparación, organización y trabajo en equipo. La maternidad es un trabajo».
El trabajo invisible que mata lentamente
El agotamiento de las mujeres no es casualidad, es la consecuencia directa de una distribución desigual del trabajo reproductivo y de cuidados. Como ya he documentado en artículos anteriores, las mujeres en España dedican en promedio 4 horas y 25 minutos al día a tareas no remuneradas, casi el doble que los hombres. Si sumamos el trabajo remunerado, trabajan 12,5 horas semanales más que ellos.
Pero hay algo aún más insidioso: la carga mental. Esa planificación constante, invisible e incesante de las necesidades del hogar y la familia. Recordar las citas médicas, organizar las comidas, gestionar los horarios escolares, anticipar lo que hace falta comprar, coordinar las actividades extraescolares, estar pendiente de los cumpleaños, las vacunas, los permisos escolares, supervisar los deberes del colegio. Una tarea de gestión permanente que nadie ve, nadie valora y nadie remunera, pero que consume energía mental y emocional sin descanso.
Un derecho humano vulnerado
El derecho al descanso no es un capricho ni un privilegio, es un derecho humano fundamental reconocido internacionalmente. La Declaración Universal establece que «toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas». El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales desarrolla este derecho en su artículo 7, exigiendo condiciones de trabajo que aseguren el descanso y la salud.
Nuestra Constitución, en su artículo 40.2, obliga a los poderes públicos a «velar […] por la seguridad e higiene en el trabajo y garantizar el descanso necesario«. Y el Estatuto de los Trabajadores regula minuciosamente los tiempos de descanso, las jornadas máximas y las vacaciones.
Pero todos estos derechos se evaporan cuando hablamos del trabajo reproductivo y de cuidados. No hay descanso semanal para quien cuida a sus hijas e hijos. No hay vacaciones para quien atiende a un padre o una madre dependiente. No hay límite de jornada para quien lleva la carga material y mental del hogar. Y cuando este trabajo se combina con un empleo remunerado, el resultado es el colapso físico y mental de millones de mujeres.
¿Qué necesitamos como sociedad?
La solución no pasa por la resiliencia individual ni por que las mujeres «aprendan a gestionar mejor su tiempo». La solución requiere cambios estructurales profundos, leyes garantistas y políticas públicas eficaces que promuevan:
Igualdad real de oportunidades, trato, derechos y deberes. No basta con la igualdad formal en el papel; necesitamos medidas concretas que corrijan las desigualdades estructurales que condenan a las mujeres al agotamiento.
Corresponsabilidad activa, involucrando a los hombres, las instituciones y las empresas. Sostener el hogar y la familia no es cosa de mujeres. Los hombres deben asumir su parte equitativa del trabajo doméstico y de cuidados, no como «ayuda», sino como responsabilidad propia.
Las empresas deben facilitar la conciliación real para todos sus empleados, no sólo para las mujeres. Cuando las empresas facilitan que los hombres se impliquen activamente en las labores del hogar y los cuidados, toda la sociedad gana en bienestar, justicia social y equidad.
El Estado y las CCAA deben garantizar servicios públicos de cuidados accesibles y de calidad para poder garantizar la conciliación y la corresponsabilidad.
Coeducación desde la infancia, para desmontar roles y estereotipos de género. Mientras sigamos educando a las niñas para cuidar y agradar a los demás; y a los niños para ser cuidados y tomar las decisiones, perpetuaremos esta desigualdad. Necesitamos una transformación social profunda que fomente una cultura de igualdad desde las aulas y desde las primeras estapas educativas.
Reconocimiento del trabajo de cuidados como esencial para el sostenimiento de la vida y la economía. El cuidado no es un asunto privado de las familias, es un pilar fundamental del sistema económico. Sin cuidados, no hay trabajadores productivos, no hay economía, no hay sociedad. Es hora de valorarlo, remunerarlo y redistribuirlo equitativamente y darle prestigio social.
Espacios laborales corresponsables, con medidas concretas de conciliación, salud mental y apoyo a la maternidad. Flexibilidad horaria real, teletrabajo efectivo, permisos parentales igualitarios y no transferibles, protección reforzada frente a la discriminación por maternidad, y programas de prevención del mobbing y burnout y apoyo psicológico en las empresas.
Inversión pública en salud mental materna, desde el embarazo hasta la crianza. Servicios de psicología perinatal accesibles, grupos de apoyo, seguimiento postparto obligatorio y protocolos de detección precoz de depresión y ansiedad.
El momento de actuar es ahora
Los datos del estudio de Make Mothers Matter son un aldabonazo que no podemos ignorar. España no puede permitirse tener a seis millones de mujeres agotadas, enfermas y desbordadas. No podemos seguir construyendo nuestro bienestar colectivo sobre la espalda de las mujeres.
Es momento de alzar la voz y exigir cambios estructurales. De visibilizar el trabajo invisible. De redistribuir los cuidados. De garantizar el derecho al descanso para las mujeres. De construir un futuro donde ser madre y profesional no implique agotamiento extremo ni renuncia al propio desarrollo personal.
Porque el derecho al descanso no es negociable. Es un derecho humano fundamental, y como tal, debe ser garantizado para todas las mujeres, sin excepciones y sin excusas. La salud, el bienestar y la dignidad de millones de mujeres están en juego. Y eso, sencillamente, no es aceptable en una sociedad que se dice democrática y comprometida con los derechos humanos.

Imágenes generadas por IA

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