¿Los hombres están siendo corresponsables en España?

El 19 de marzo, Día del Padre en España, es una fecha que invita al reconocimiento. Y, también, si se mira con rigor, a la incomodidad. Los datos disponibles del INE, CIS, Ministerio de Igualdad, Instituto de las Mujeres e investigaciones recientes del Instituto de Estudios Fiscales y la Barcelona School of Economics, no describen un horizonte de igualdad en construcción progresiva. Describen un sistema que ha aprendido a parecer que cambia, pero no tanto.

La reforma legal y sus límites reales

La equiparación del permiso de paternidad a dieciséis semanas intransferibles, vigente desde 2021-2022, fue presentada como un hito en la política de igualdad española. Y en términos normativos, lo fue. La intransferibilidad pretendía precisamente evitar que el cuidado siguiese concentrándose en las madres por defecto. El Plan Corresponsables reforzó ese horizonte. El discurso institucional celebró el avance. Todo ello era cierto. Y sin embargo, los datos de uso revelan que la distancia entre la norma y la práctica es más ancha de lo que los titulares sugieren.

Más del 50% de los padres fracciona el permiso en varios periodos.

El 75% de esas semanas (unas doce de las dieciséis) se disfrutan mientras la madre también está en casa, es decir, el padre está de permiso, pero la madre no se ha ido. La carga del cuidado no se redistribuye; se superpone. Y cuando el padre sale de casa, la estructura vuelve a su posición de partida.

El Mundial como dato: cuando el ocio se disfraza de paternidad

Uno de los hallazgos más reveladores de la investigación reciente procede de un análisis de los registros de la Seguridad Social durante el Mundial de Qatar 2022. Durante ese periodo se registró un exceso de entre 1.000 y 1.140 hombres adicionales en situación de permiso de paternidad cada día, un incremento de entre el 1% y el 1,3% respecto a años equivalentes. Ese pico no apareció entre las madres ni entre los padres autónomos, que no pueden fraccionar el permiso con la misma flexibilidad.

Los investigadores lo interpretan como evidencia de que una fracción significativa de padres programa parte del permiso no para asumir cuidados, sino para disponer de tiempo propio. La norma diseñada para reequilibrar la carga doméstica se convierte, en algunos casos, en un privilegio masculino más. No es un dato menor. Es una señal sobre qué entienden algunos hombres por corresponsabilidad: no ir a trabajar, pero no es necesariamente hacerse cargo.

En conjunto, sólo el 20% de los padres usa el permiso de forma genuinamente corresponsable, es decir, para ampliar el periodo de cuidado más allá del solapamiento con la madre. El 80% restante lo toma, pero el peso del cuidado sigue recayendo sobre las madres.

La pobreza de tiempo: una desigualdad que se acumula cada día

Detrás de los porcentajes hay horas. Muchas horas. El CIS (Estudio 3428, 2023) documenta que en un día laborable ordinario las mujeres dedican 173 minutos a tareas domésticas frente a los 127 de los hombres. En el cuidado de menores, la brecha se ensancha: casi siete horas diarias para ellas, frente a menos de cuatro para ellos. La suma semanal arroja 3,2 horas extra diarias de trabajo no remunerado para las mujeres, equivalentes a 2,8 jornadas laborales completas adicionales cada semana.

La teoría feminista lleva décadas poniendo nombre a esto: pobreza de tiempo. No es una metáfora. Es una forma de desposesión concreta que limita el acceso de las mujeres a la formación, la promoción profesional y el descanso.

Sus consecuencias son estructurales: el 22,3% de las mujeres con hijos trabaja a tiempo parcial por razones de cuidado, frente al 4,1% de los hombres en la misma situación.

La brecha salarial, la brecha en pensiones, la mayor tasa de precariedad femenina: todo tiene aquí una de sus raíces más profundas. El coste económico agregado supera los 95.500 millones de euros anuales, el 6,4% del PIB, una cifra que convierte el cuidado no remunerado en uno de los mayores subsidios invisibles que sostienen la economía española.

El sesgo de percepción: el problema que los hombres no ven

Existe una dimensión del problema que la perspectiva feminista no puede dejar de subrayar, porque es la que más eficazmente obstaculiza el cambio: la brecha perceptiva. El 91% de los hombres se considera tan responsable como su pareja en materia de cuidados. Solo el 69% de las mujeres comparte esa valoración. El 89% de los hombres considera que el reparto en su hogar es equitativo; entre las mujeres, ese porcentaje baja al 78%.

Cuando el CIS pregunta a cada miembro de la pareja cuánto tiempo dedica el otro a las tareas del hogar, los hombres estiman que sus parejas dedican 178 minutos; las mujeres calculan que sus parejas dedican 99. La diferencia no es un problema de memoria. Es un problema de invisibilización sistemática del trabajo doméstico, que sigue siendo percibido como responsabilidad femenina incluso cuando los hombres participan en él. Lo que ellas hacen se da por supuesto; lo que ellos hacen se nombra, se agradece, se celebra.

Esta asimetría no es inocua. Un hombre que cree que ya hace su parte no tiene incentivo para hacer más. Y una sociedad que mide el progreso por la percepción masculina de equidad está midiendo mal.

El estrés como síntoma: lo que los datos de satisfacción no cuentan

Los indicadores generales de satisfacción familiar parecen tranquilizadores: cerca del 90% de hombres y mujeres declara estar satisfecho con su relación de pareja. Pero cuando se desagrega por sexo y se pregunta específicamente por el reparto de cuidados, la imagen cambia. La satisfacción con ese reparto baja al 83% entre las mujeres, frente al 93% entre los hombres. El 65% de las madres identifica la distribución doméstica como fuente de estrés. El 32% sostiene que la crianza sería más manejable si su pareja asumiese su parte; entre los padres, solo el 24% dice lo mismo.

Lo relevante desde una perspectiva de derechos no es sólo el dato de satisfacción, sino lo que revela sobre la distribución del malestar. El estrés del cuidado no se reparte igual. Se acumula donde se acumula el trabajo: en las mujeres. Y eso tiene consecuencias sobre su salud física y mental que la epidemiología de género documenta de forma consistente.

Paradójicamente, los propios datos sugieren que los hombres que se implican genuinamente en la crianza tienen una probabilidad 1,5 veces mayor de sentirse realizados. La corresponsabilidad no es sólo una exigencia de justicia; es también un beneficio que muchos hombres se niegan a sí mismos.

Una agenda que no puede esperar

El marco normativo español ha dado pasos reales. Pero la crítica feminista obliga a ir más allá del aplauso a la norma para preguntar qué está ocurriendo en los hogares. Y lo que está ocurriendo es que el permiso de paternidad, sin transformación cultural, puede convertirse en un derecho vaciado de su propósito. Que la corresponsabilidad declarada no equivale a corresponsabilidad practicada. Que la brecha perceptiva es en sí misma un mecanismo de perpetuación de la desigualdad.

Cerrar esa distancia exige medidas concretas: servicios públicos de cuidado universales y accesibles, reducción efectiva de la jornada laboral, mecanismos de seguimiento del uso real de los permisos, y campañas de transformación cultural que confronten, sin eufemismos, la resistencia masculina al trabajo doméstico. Exige también que dejemos de medir el progreso desde la percepción de quienes menos han perdido con el statu quo.

El Día del Padre merece celebración cuando hay paternidad real que celebrar. Y merece también, con el mismo rigor, un diagnóstico honesto sobre lo que falta. Los datos están ahí. La pregunta es si los hombres están dispuestos a hacer su parte del trabajo. ¿Lo estáis?



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