Cállate mujer: tres milenios acaparando la palabra

Cuando Telémaco manda callar a su madre en el primer canto de La Odisea, no está corrigiéndola simplemente por considerarla inoportuna. Está delimitando quién tiene derecho a hablar y quién debe guardar silencio. Este episodio es uno de los más reveladores de toda la literatura occidental. Su joven hijo Telémaco, que busca afirmarse como heredero legítimo, interrumpe a Penélope delante de todos, ordenándole regresar a sus habitaciones y atender las tareas domésticas. Hablar –añade– corresponde a los hombres, especialmente a él, que pretende ejercer la autoridad de Ítaca.

Casi tres mil años después, las formas han cambiado, pero la escena sigue resultando inquietantemente familiar. Desde los palacios de la épica griega hasta las salas de prensa presidenciales y los gobiernos ilegítimos, la exclusión de las mujeres del espacio público ha encontrado en la negación de la palabra una de sus herramientas más eficaces. Por ello no debería extrañarnos que el caso más extremo y atroz lo encontremos actualmente en Afganistán, donde las mujeres literalmente han sido castigadas a vivir en un prisión textil y condenadas al silencio forzoso.

Mûthos: la palabra como territorio de poder

La historiadora y clasicista Mary Beard convirtió esta escena en el punto de partida de su célebre ensayo Mujeres y poder. Su tesis es tan sencilla como perturbadora: el silenciamiento de las mujeres no es una anomalía moderna ni un fenómeno coyuntural, sino parte de los cimientos culturales sobre los que se construyó la tradición patriarcal occidental, aún vigente.

Beard llama la atención sobre un término fundamental del texto original griego: mûthos. Cuando Telémaco afirma que hablar es asunto de hombres, no se refiere a una conversación cotidiana. En el lenguaje homérico, mûthos designa el discurso autorizado, la palabra pública que confiere prestigio, liderazgo y capacidad de decisión; en suma, el poder. Es la voz que cuenta políticamente. La cuestión, por tanto, no es doméstica: Telémaco no le pide a su madre que sea discreta, sino que le niega el acceso al espacio donde se ejerce la autoridad a través de la palabra.

En la lectura de Beard, el episodio muestra cómo la masculinidad se construye, en parte, mediante la apropiación de la palabra pública. El joven se convierte en hombre precisamente cuando desplaza a una mujer del centro del discurso. Para ser reconocido por sus pares, necesita demostrar que puede ocupar el lugar de mando, y su primera validación consiste en silenciar a su propia madre, la mujer que custodiaba el poder legítimo de su padre ausente, el rey Ulises.

Privada de ese poder efectivo, Penélope se ve obligada a desarrollar otras estrategias de resistencia, como el célebre engaño del sudario que tejía de día y deshacía de noche para retrasar a los pretendientes. Aquel gesto revela una extraordinaria capacidad de astucia y sofisticación política. Aun así, la observación de Beard conserva toda su vigencia: la literatura fundacional de Occidente arranca con una mujer a la que se le ordena callar. En España, la ensayista Anna Caballé llega a conclusiones similares en su obra de referencia Breve historia de la misoginia, donde demuestra cómo este patrón de exclusión e invalidación intelectual ha sido una constante estructural universal arraigada secularmente en las diversas culturas.

Seguir leyendo en La Voz del Sur, 25/08/2026

Jurista Feminista

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