Sandra Moreno
En el transcurso de un acto político de la pasada semana, Antonio Tajani, ministro de Asuntos Exteriores y Vicepresidente del Consejo de Ministros de la República Italiana, quiso explicar cómo elegir un partido político, y para ello recurrió a una analogía con la elección de pareja, afirmando que recomendaría casarse con mujeres serias, que lleven «faldas más largas». «Quizá menos llamativa, pero más fiable, más seria, alguien que será una buena madre de familia, que mantendrá la fidelidad al amor que se confirma con el matrimonio». Según él, elegiría «siempre a la chica agradable, seria, creíble, la que sacará adelante a la familia, que está ahí, de la que sabes que siempre responde y que cuando la llamas está».

Un viejo estereotipo con efectos perversos sobre las mujeres
El comentario, de tono «berlusconesco», recupera uno de los recursos más utilizados por el machismo para desacreditar a las mujeres: clasificarlas en «serias» y «frívolas», «decentes» y «sospechosas», según cómo se vistan, cómo se vean o con quién se relacionen. Es una vara de medir que nunca se aplica a los hombres.
Y no es una cuestión menor ni meramente simbólica. El largo de la falda ha servido durante décadas para justificar agresiones contra las mujeres, culpándolas de lo que les ocurre por la manera en que visten, en lugar de responsabilizar al hombre que las agrede.
Cuando una autoridad política legitima, aunque sea en tono de broma, la idea de que la ropa dice algo sobre la fiabilidad de una mujer, alimenta ese mismo marco de pensamiento machista y perverso que en Occidente se usa para tratar de justificar la violencia sexual contra mujeres; y en Oriente se usa para imponerles el uso de prendas textiles que las aíslan del mundo para preservarlas de la lujuria de los demás hombres.

¿Qué son los roles y estereotipos de género?
Los estereotipos de género son creencias generalizadas y simplificadas sobre cómo son o deben ser las mujeres y los hombres, y los roles de género son las funciones y comportamientos que la sociedad les asigna en consecuencia: a ellas, el cuidado, la discreción y la entrega a la familia; a ellos, el mando, la autoridad y la libertad. No son neutros, porque jerarquizan, limitan las opciones vitales y sirven de coartada para tratar a las mujeres de forma desigual, como cuando se las clasifica en «fiables» o «no fiables» según su aspecto.
¿Qué dice la normativa sobre roles y estereotipos de género?
El derecho internacional los reconoce como una causa y una manifestación de la discriminación. La CEDAW (Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, de 1979) obliga a los Estados, en su artículo 5.a), a modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres para eliminar los prejuicios y prácticas basados en la idea de inferioridad o superioridad de un sexo o en funciones estereotipadas, y su artículo 2.f) les exige derogar o modificar las leyes, costumbres y prácticas que constituyan discriminación.
El Convenio de Estambul (Consejo de Europa, 2011), ratificado por Italia en 2013 y por España en 2014, va en la misma línea: su artículo 12 impone a las partes adoptar medidas para promover cambios en los patrones socioculturales y erradicar prejuicios, costumbres y tradiciones basados en la inferioridad de las mujeres o en roles estereotipados, y vincula expresamente estos estereotipos con la violencia machista. Ambos textos coinciden en que combatirlos no es una cuestión de sensibilidad, sino una obligación jurídica que alcanza también a quienes ostentan responsabilidades públicas.
La respuesta de las mujeres: minifaldas en el Parlamento
La reacción fue inmediata. Senadoras de la oposición acudieron al Parlamento vestidas con minifalda, las redes sociales se llenaron de memes y voces de distintos sectores recordaron algo elemental: la fiabilidad de una mujer no se mide por su ropa, su historial amoroso o su atractivo físico. En ellas, igual que en ellos, se mide por sus valores, no por los centímetros de tela.
Algunas políticas italianas respondieron con contundencia. Dejaron claro que no se visten, ni se comportan, ni toman decisiones para agradar a los hombres, ni esperan a ser elegidas; en ocasiones, son ellas quienes eligen. Y añadieron que quizá puedan «traer a Tajani al 2026». Recordaron además que han llegado hasta ahí gracias a las batallas de muchas mujeres antes que ellas, y señalaron que la primera ministra, Giorgia Meloni, que presume de haber roto el techo de cristal, no ha tenido el valor de distanciarse con claridad de declaraciones como ésta, claramente sexistas e inaceptables.

Una disculpa a medias
Tajani se disculpó solo a medias, asegurando que no pretendía ofender. Pero la intención no borra el efecto, y menos cuando quien habla ocupa un cargo de primer nivel. La cuestión de fondo sigue sin respuesta: ¿son conscientes los hombres con poder, ya sea en la política, la empresa o cualquier ámbito público o privado, del peso que tienen sus palabras cuando clasifican a las mujeres por su apariencia y su indumentaria?
Una forma de discriminación que la ley prohíbe
Conviene decirlo sin rodeos: el comentario de Tajani es sexista y constituye una forma de discriminación por razón de sexo que, como hemos visto, está prohibida por el ordenamiento jurídico. Las normas sobre igualdad y no discriminación, tanto nacionales como europeas e internacionales, no amparan que se reduzca a las mujeres a estereotipos y roles de género que condicionan su valor como personas, y esa exigencia es todavía mayor para quienes representan a las instituciones.
Los estereotipos sexistas no son inocuos. Establecen distinciones entre mujeres «confiables» y «no confiables», entre «mujeres decentes» y «mujeres indecentes», como sucedía en la antigüedad, encasillando a las mujeres como «buena esposa», «buena madre de familia» y otros prejuicios sexistas que limitan la libertad y las oportunidades de las mujeres; y que, en todo caso, contradicen los valores democráticos que un dirigente político debería encarnar.
¿Qué modelo de liderazgo y de sociedad queremos?
La pregunta es inevitable: ¿qué clase de liderazgo estamos construyendo cuando quienes gobiernan recurren a este tipo de comentarios en pleno siglo XXI?
En 2026, el debate sobre la valía de las mujeres no debería girar en torno a la ropa ni a la apariencia. Debería estar asumido el deber de respeto, el reconocimiento de nuestra libertad para vestirnos y expresarnos como queramos, y la valoración de cada persona por su competencia, su integridad y sus actos, como se hace con los hombres.
Que este episodio haya generado tanto rechazo, dentro y fuera de Italia, es un indicador positivo de que la sociedad ya no tolera que se mida a las mujeres por el largo de su falda. Pero también es un recordatorio de que el sexismo sigue presente en los discursos de quienes ocupan el poder. Exigirles responsabilidad por lo que dicen no es una cuestión de corrección política, sino de derechos humanos, de igualdad y de calidad democrática, y esto supone que las mujeres y chicas nos pongamos la falda del largo que nos dé la gana, sin que tengamos que pedir permiso ni perdón.

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Jurista Feminista

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